Buenos dias amigos hipicos.
El día de hoy viernes santo se diputó una jornada de carreras en el hipódomo
Costa del Sol, en Mijas.
La primera carrera fue ganada por un hijo de Storm Cat, llamado NAVAL REVIEW
criado por la misma Reina de Inglaterra y que debutó ganando para sus colores
como dosañero en el hipódromo de Donkaster con el entrenamiento de Sir Michael
Stoute.
Ahora ya con cuatro años Naval Review gana en su tercera participación aqui. No
ganaba un hijo de Storm Cat en España desde el año 2005, en el cual lo hizo
Splash Cat (Glod Splash) en el mismo hipódromo y mostrando su gusto por la pista
de arena de ese recinto.
La segunda competencia fue ganada por el nacional Icarus, un hijo de Humool,
único hijo de Seattle Slew que gano un Gran Premio en España.
La tercera fue ganada por Red Contact (Sahm), en la cuarta gano Torrox
(Numerous) y la mejor rentada fue ganada por el tordillo Mr.Rigsby (Forzando),
todo esto en:
http://www.hipodromocostadelsol.es/c06resultados/Acta_y_Resultados_Viernes_10_de\
_Abril_de_2009_Mijas.pdf
-Les anexo una publicación de Fernando Sabater referente al Epsom Derby del año
pasado:
FERNANDO SAVATER
Nada más llegar a Epsom me encontré con Fulano y casi se me saltan las lágrimas:
"¡Pobre Carlitos! ¡Qué desgracia!". Asintió, con cara hosca. "Pero... ¿cómo pudo
pasar?", insistí. "Nada, un despiste, otro más", me informó. "Ya sabes cómo era.
Estaba viendo los caballos en las cuadras y a la vez contaba el dinero para
apostar. Se le cayeron dos euros rodando y se metió a cuatro patas en el box
para buscarlos. La yegua se asustó y le pegó una coz en la cabeza. Murió en el
acto". "¡Qué barbaridad, pobrecillo!", deploré. "Por lo menos fue en el
hipódromo. No había nadie más aficionado que él. ¡Cuánto le vamos a echar de
menos!". "Tampoco había nadie más distraído", gruñó Fulano. Protesté que todos
solemos serlo. "Lo suyo no era natural. Era capaz de darle un beso a una chica
sin quitarse el cigarrillo de la boca", recordó Fulano, implacable. "Bueno, a
veces...", traté de defenderle. Fulano hurgó en la herida: "Siempre se dejaba
cosas en los hoteles". Argüí que a mí también suele pasarme. "¡Los zapatos!",
rugió Fulano. "¿Te has ido tú alguna vez de un hotel sin ponerte los zapatos?".
Me encogí de hombros y volví a suspirar: "Le extrañaremos mucho".
El trágico accidente de Carlitos fue recogido por la prensa nacional,
naturalmente. Es el único tipo de noticia hípica que suelen dar: caídas de
jockeys, tongos, etcétera... Jamás cuentan los resultados de las carreras más
hermosas ni los éxitos de los caballos y jockeys españoles en el mundo. Y encima
se justifican diciendo que en España hay poca afición al turf. ¿Cuánta afición
habría aquí a la fórmula 1 si los periódicos nunca mencionaran las victorias de
Fernando Alonso pero se regodearan en los bólidos que se estrellan y los pilotos
que se dejan sobornar por la competencia?
En cualquier caso, los asiduos de Epsom íbamos a echar de menos a Carlitos, que
nunca se perdía la gran carrera anual. No sólo por amistad desinteresada, sino
también porque -despistado o no- era un auténtico lince para los pronósticos. Y
este año el Derby se presentaba inusualmente incierto. Privado de los consejos
de mi sabio de cabecera, repasé una y otra vez todos los criterios (racionales o
mágicos) para decidir mi apuesta. ¿La excelencia del jockey? El más genial de
todos, Lanfranco Dettori, montaba a un precioso caballo criado en Argentina, Río
de la Plata, que lamentablemente era difícil que tuviese fondo para culminar la
milla y media del arduo recorrido. Además, abundaban los jinetes estupendos,
desde el veterano Mick Kinane hasta jóvenes ya tan considerados como Ryan Moore
o Jaime Spencer, pasando por los siempre fiables Ted Durcan, Kerrin McEvoy o Pat
Smullen. Cualquiera de ellos aprovecharía bien su oportunidad de victoria... si
la tenía. ¿El origen de los participantes? Siempre me gustaron los hijos del
campeón francés Hernando y corría uno de ellos, Casual Conquest, que además
tenía el valor añadido de ser irlandés: pero era un bicho grandote, con poca
experiencia, y quizá no se manejara bien en las ondulaciones de Epsom. El cruce
que mejor resultado suele dar es el de Sadler Wells, el gran semental que hace
unas semanas ha tenido que cesar en sus funciones por cuestión de edad (¡pobre,
también él!), con las yeguas descendientes de Mill Reef, pero había al menos
tres caballos con esa afortunada combinación de sangres. Nada decisivo, pues. ¿Y
las últimas actuaciones? La preparatoria más fiable para el Derby la había
ganado Tartan Bearer, pupilo de sir Michael Stoute, el mejor preparador inglés.
Es propio hermano de Golan, que hace años ganó las Dos Mil Guineas y llegó
segundo en el Derby. En aquella ocasión le venció Galileo, que precisamente es
el padre de New Approach, considerado el año pasado el mejor de todos los
jóvenes y que éste ha llegado segundo en las Dos Mil Guineas tanto en Inglaterra
como en Irlanda. Su preparador, el irlandés Bolger, dijo que le retiraba de
Epsom, luego lo declaró participante en el último minuto y desesperó así a todas
las casas de apuestas. En fin, un lío.
Me encontraba tan confuso que recurrí a los nombres de los caballos para
inspirarme, algo indigno de un experto. Mi genealogía paterna granadina me pedía
jugarle a Washington Irving e incluso apostar a Alessandro Volta me pareció por
un momento una idea realmente luminosa. El único que podía descartarse sin miedo
era Maidstone Mixture, un modestísimo jamelgo que sólo había ganado una carrera
¡de vallas! y al que su pintoresco propietario había matriculado en el Derby
como capricho final de su vida hípica. Le montaba un joven desconocido de 22
años que acababa de salir de la cárcel y en las apuestas iba 1.000 a uno. Al
final me incliné por Kandahar Run, un precioso tordillo al que había visto en
octubre ganar en Newmarket, entrenado por una gloria del pasado, Henry Cecil: lo
guapo frágil y lo venido a menos cuyo esplendor apenas se recuerda, nunca he
sabido resistirme a eso.
Este año, también Epsom ha estado en obras, la enfermedad urbana más extendida.
Por lo menos aún sigue igual la famosa curva de Tattenham, tan larga y compleja,
clave de su personalidad. Ayer fui al Imperial War Museum para ver la exposición
dedicada a Ian Fleming y aproveché para pasearme un rato por sus salas, de
sereno exhibicionismo bélico. En una se guardan los rótulos toscamente pintados
en tablones con que los soldados de la primera gran guerra se orientaban en las
trincheras. Son nombres de lugares amados, a veces irónicos o picarescos: uno de
ellos dice "Tattenham Corner", y lleva varias siluetas de caballitos pintadas
con sencillez. Me conmoví pensando en aquellos remotos aficionados que sufrían
entre el barro, la sangre y las explosiones, refugiándose a veces para descansar
en el recuerdo de las onduladas praderas de Surrey y los campeones que allí
florecen cada año.
Ayer, el recogimiento en la tribuna antes de la carrera era casi sacramental.
Pero ahora el móvil nos hace accesibles a todos nuestros conocidos, para bien o
para mal. Desde Venezuela un amigo me informa de la desaparición de Eugenio
Montejo, poeta noble y hondo. Al final de uno de sus poemas confesaba: "No soy
ateo de nada salvo de la muerte". El ateísmo más difícil, quizá el único
realmente liberador. Llega la Reina, que este año va vestida color fresa o algo
así. La imagino antes de bajarse del Rolls escondiendo en el asiento un libro de
Henry James o Jean Genet, como en Una lectora poco común, la deliciosa novelita
de Alan Bennett publicada por Herralde. Y por fin ocurre el Derby. De salida
encabeza unos metros el pelotón el infiltrado Maidstone Mixture (supongo que
para sacarse la fotografía y alegrar al amo), antes de irse al último lugar que
le corresponde. También veo en segunda posición a mi hermoso Kandahar Run hasta
ya iniciada la recta final y me hago ilusiones. No hay caso. El asunto está
entre Casual Conquest, de galope potente pero bisoño, y Tartan Bearer, que le
rebasa con autoridad a 200 metros de la meta. La suerte parece echada hasta que
por los palos se cuela irresistible New Approach, que lucha con él para
arrebatarle la victoria por casi un cuerpo: se repite en cierto modo la historia
y el hermano menor de Golan encuentra su némesis en el hijo de Galileo...
Me reúno con Fulano para comentar la prueba y de pronto veo a Carlitos. Está en
las taquillas de juego y va de una a otra con desasosiego impaciente. "Mira",
balbuceo, "es Carlitos...". "Ya lo he visto", me responde, seco. "Pero ¿no
está...?". "¡Claro que está muerto!", responde fastidiado. "Ya te he dicho que
la yegua le espachurró la sesera". Con un escalofrío, le veo acercarse a
nosotros. "¡Hola, chicos! No sé qué les pasa a los taquilleros, con esto de la
obras están rarísimos. No me hacen ni caso y no logro apostar. ¡Es un
infierno!". Se le veía igual que siempre, salvo un reguero negro, seco y
grumoso, que le bajaba por la sien desde el pelo hasta el cuello de la camisa.
"¡Y tengo el ganador de la siguiente: Bureaucrat, seis a uno! Oye, vosotros
también estáis pasmados. Ni que hubierais visto un...". Se alejó de nuevo hacia
las taquillas, anotando algo en el programa. "¿No se da cuenta, verdad",
murmuré. "¡Nada, ni enterarse, en la luna!", refunfuñó Fulano. "Te digo que no
es natural ser tan distraído".
Convine con él: "No, ahora ya no es natural". Pero acertó y mis cinco libras a
Bureaucrat me las pagaron seis a uno. Gracias, Carlitos.
Saludos
Agustín Pérez